jueves, 30 de julio de 2009

"Precausion, amigo condustó..."

-¡Un perro al volante…! ¿Un perro al volante...?
-Pero vamos a ver, ¿por qué se asombran de ver un perro al volante de un automóvil? Después de ver a tanto animal, conduciendo por esas carreteras, ya deberían estar curados de espanto.
¿O es que nunca han coincidido con una bestia parda, al volante, que les intentaba adelantar en línea continua? ¿O con un mal bicho, que no respetaba la distancia de seguridad? ¿O con una acémila, empeñada en girar sin intermitentes? ¿O con un animal de bellota, tirando colillas de cigarro por la ventanilla? ¿O con… etc., etc.?
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Así que, teniendo en cuenta lo dicho, no se admiren de verme al volante aunque sea perro. Mejor conduciré yo que muchos de los que van por ahí, con carnet o sin él, con o sin puntos, presumiendo de gran coche para compensar la pequeñez de su… pensamiento inteligente.
Por tanto, no sean ustedes humanos animales, conduzcan como humanos racionales. Cuídense, de quienes no piensan hacer caso de este consejo, y que pasen unas buenas vacaciones.
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Y, una vez más, aplíquense esa canción tan escuchada en las “peticiones del oyente”, allá por los años 60 del pasado siglo, de la inefable “Perlita de Huelva”, pero cuya recomendación, coñas aparte, no es para desoír:
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“Precaución, amigo conductor,
tu enemigo es la velocidad.
Acuérdate de tus niños,
que te dicen con cariño:
¡No corras mucho, papá!”
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Salud y fraternidad.

martes, 21 de julio de 2009

Casilla 36: “Las ocas van descalzas... y los patos también”.

“Les oques van descalces
descalces, descalces;
les oques van descalces
i els ànecs també,
i els ànecs també.

Poseu-los-hi sabates,
sabates, sabates;
poseu-los-hi sabates,
i mitjons també,
i mitjons també”.
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En román paladino, resumido: “Las ocas van descalzas y los patos también. Ponedles los zapatos y calcetines también”.
La primera vez que escuchamos esta cancioncilla infantil fue en catalán, y así se nos quedó en la mente. Pensamos que era una tradición local, luego descubrimos que estaba extendida por diversos países europeos, y que los distintos idiomas no la habían alterado. Ya sea en francés, castellano, rumano, polaco, alemán, u occitano, las ocas siempre van descalzas... Porque nadie ha conseguido, todavía, ponerles los zapatos ni los calcetines.
Y bien contentas que van ellas, de ese modo. ¡Ah, los patos también! (Aunque éstos, andan un poco envidiosos, porque nadie dice: “de pato a pato y tiro porque me toca”. Cosas de la rima, queridos patos).
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[Dedicado a nuestros románicos amigos, de La Marca Carolingia, que nos enseñaron la cancioncilla y la escenificaron a coro].
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Salud y fraternidad.

viernes, 3 de julio de 2009

¿Canecillos, o canes románicos?

Siempre habíamos creído que los "canes" o "canecillos", medievales, eran otra cosa. Seres de piedra, que poblaban los aleros de templos, catedrales y ermitas. Pero la realidad, es que hay otros "canes", de carne y hueso, que pululan por los edificios románicos. Hijos de la Diosa madre, a quienes se impide la entrada en los recintos sagrados, porque tenemos el absurdo concepto de que son inferiores a nosotros en la escala evolutiva. Craso error, ellos van un paso por delante, actúan según su carácter, su instinto natural, están libres de la cruel servidumbre del libre albedrío... y de la sadomasoquista veneración de ninguna divinidad.
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Aunque, después de todo, eso, a ellos les trae al fresco. Tienen una ventaja sobre los seres humanos, están ausentes del "pecado" que la mitología cristiana atribuye al común de los mortales humanos. Viven en una especie de "Paraíso diferido", siguen la Ley Natural de sus instintos y no deberán dar cuenta a ninguna divinidad por sus actos.
Y lo que es mejor, la mitología de la nueva religión, les tiene prometido un "Paraíso renovado", donde todos ellos volverán a ser pacíficos amigos y ya no tendrán necesidad de devorarse para subsistir.
Idílico, bucólico y pastoril Edén del futuro, por el que los animales no pelean, torturan, o matan para convencer a sus congéneres de la "presunta" realidad del mismo. Ellos si que viven según el mítico precepto del: "Baste a cada día su propio afán..."
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Salud y fraternidad.

viernes, 26 de junio de 2009

Mañanica de san Juan...

¡Feliz solsticio de verano! Les traigo mis mejores deseos felinos para este nuevo ciclo cósmico, deseos tardíos, pero ciertos, que este año serán originales por diferentes.
La “noche de san Juan”, puente entre el 23 y 24 de junio, es tiempo mágico en el que los rituales del fuego celebran la victoria de la luz sobre las tinieblas. Pero no menos importante es el amanecer del día 24, la “mañana de san Juan”, culminación de esas horas mágicas y de toda la energía desatada en su transcurso.
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En estas prodigiosas amanecidas, “las mañanicas de san Juan”, acontecen toda clase de maravillas, relacionados con el mundo natural y sus espíritus de la vegetación y las aguas. Pero sólo tienen lugar durante breves instantes, entre el momento en que aparecen las primeras luces y aquel en que caen sobre la tierra los primeros rayos de sol.
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Los serpentones y cuélebres tienen mermados sus poderes mágicos, entonces pueden ser vencidos con las ascuas de las hogueras nocturnas. Las xanas, anjanas y donas d’aigua, se sientan al borde de fuentes o lagunas, mientas desenredan sus cabelleras con peines de oro, en espera del valiente que se atreva a desentrañar su encantamiento. Otras, juegan a los bolos con piezas de oro puro; varias, hilan hebras de oro fino en sus ruecas de igual metal; y algunas se presentan como gallinas, con sus pollitos, todos de oro, buscando gusanitos entre las hierbas. Solo las almas puras pueden ver tales encantos y, acaso, obtener de ellas algún favor.
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En la “mañanica de san Juan” las corrientes de arroyos y manantiales se vuelven benéficas, por ello son numerosas las gentes que se bañan, a esa hora encantada, en sus aguas mágicas, en busca de curación para algunos males, aunque otras lo hacen simplemente para evitar enfermar durante el año.
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También es curativo el rocío que la mañanica ha depositado sobre las hierbas, especialmente los tréboles, algunas personas se revuelcan desnudas sobre este líquido en la esperanza de mejorar la salud de su piel, otras lo recogen y guardan para emplearlo, cuando sea menester, mezclado con vino o zumos.
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Pero el valor más buscado, en la “mañanica de san Juan”, es el amor. Se supone que, tanto el agua como determinadas plantas, se impregnan de la energía telúrica liberada esa noche. Así, las mozas van a buscar la flor del agua, aquella que recibe la primera luz del alba, en las fuentes, excelente para deshacer encantamientos y encontrar un buen novio dispuesto a casarse ese año.
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Diversas plantas son recogidas y colgadas en las casas, para defenderse de los rayos o tormentas, atraer novio, preservar matrimonios, guardar al ganado del mal de ojo. Aunque lo más significativo son las “enramadas”, que los mozos ponen en la puerta de sus pretendidas, y las mozas en las fuentes para indicar que allí ya ha sido tomada la “flor del agua” como elixir de amor.
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Hola, soy Mamá Oca, como sé mucho del agua y sus magias, el compadre Crispín me pide que colabore en su felicitación del solsticio, para ello os traigo algunos poemas del viejo romancero, sobre la “mañanica de san Juan”, que relatan los afanes de enamorados y enamoradas, así como los prodigios que entonces tienen lugar.
En el primero, es la aparición de un fabuloso barco, con un marinero que canta enigmática canción:
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¡Quién hubiera tal ventura
sobre las aguas del mar
como hubo el infante Arnaldos
mañanica de San Juan !
Andando a buscar la caza
para su falcón cebar,
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar;
las velas trae de sedas,
las jarcias de oro torzal,
áncoras tiene de plata,
tablas de fino coral.
Marinero que la guía,
viene diciendo un cantar,
que la mar ponía en calma,
los vientos hace amainar,
los peces que andan al hondo,
arriba los hace andar,
las aves que van volando,
al mástil vienen posar.
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En este otro, es la visión de una doncella que, cual xanas y anjanas, está junto a una fuente peinando sus cabellos con peine de oro.
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Yo me levantara, madre, - mañanica de San Juan,
vide estar una doncella - ribericas de la mar.
Sola lava y sola tuerce, - sola tiende en un rosal;
mientras los paños se enjugan - dice la niña un cantar:
- De los mis amores, - ¿dónde los iré a buscar ?
Mar abajo, mar arriba, - diciendo iba un cantar,
peine de oro en las sus manos - y sus cabellos peinar:
- Dígasme tú, el marinero, - que Dios te guarde de mal,
si los viste a mis amores, - si los viste allá pasar.
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El tercero es, claramente, la “cristianización” de los personajes de la religión antigua, mediante un personaje mitológico de la nueva religión: la Virgen María, que sustituye aquí a las consabidas xanas y donas d’aigua, en el otorgamiento de mágicos beneficios amorosos.
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Mañanita de San Juan,
cuando el árbol floreaba,
iba la Virgen María
por una fuente sagrada;
más hermosa que una estrella,
más que una estrella galana,
lavando sus pies y manos
y su pulidita cara;
con un libro en las sus manos
dio la bendición al agua.
Bien venida la doncella
que viniese aquí por agua;
que si del agua bebiese,
muy pronto será casada.
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Este otro, demuestra que tales celebraciones alcanzaban también fama entre los musulmanes de al-Andalus, quienes festejaban tal fecha con torneos donde se hacía, igualmente, exaltación del amor:
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La mañana de San Juan - al tiempo que alboreaba,
gran fiesta hacen los moros - por la vega de Granada.
Revolviendo sus caballos - y jugando con sus lanzas,
ricos pendones en ellas - bordados por sus amadas,
ricas marlotas vestidas - tejidas de oro y grana.
El moro que amores tiene - señales de ello mostraba,
y el que no tenía amores - allí no escaramuzaba.
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Finalmente, el que creemos más hermoso, declara el triunfo, casi “pagano”, del amor sobre la religión, pues la fuerza de la Madre Naturaleza es tan poderosa que todo lo trastoca, hasta lo más sagrado:
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Mañanita de San Juan,
mañanita de primor,
cuando damas y galanes
van a oír misa mayor.
Allá va la mi señora,
entre todas la mejor;
viste saya sobre saya,
mantellín de tornasol,
camisa con oro y perlas
bordada en el cabezón.
En la su boca muy linda
lleva un poco de dulzor;
en la su cara tan blanca,
un poquito de arrebol,
y en los sus ojuelos garzos
lleva un poco de alcohol;
así entraba por la iglesia
relumbrando como sol.
Las damas mueren de envidia,
y los galanes de amor.
El que cantaba en el coro,
en el credo se perdió;
el abad que dice misa,
ha trocado la lición;
monacillos que le ayudan,
non aciertan responder, non,
por decir amén, amén,
decían amor, amor.
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Salud y fraternidad.

sábado, 13 de junio de 2009

Sirenas del Finis Terrae Mundi...

Llegados a Santiago de Compostela y una vez cumplidos los ritos en la Catedral, el peregrino medieval que había realizado su andadura buscando algo más trascendente que la oración ante la “tumba” jacobea, tenía tres caminos a elegir, tres caminos de muerte... y regreso a la vida. Tres caminos que desembocaban en el céltico Mar de los Muertos, llamado en el medievo Mar Tenebroso, en tres enclaves con templo-cementerio, donde se celebraban rituales adscritos al ancestral simbolismo muerte-resurrección.
El primero conducía a Iria Flavia, actual Padrón, donde arribó la barca milagrosa con el cuerpo de Santiago. El segundo camino se dirigía a Noya, la antigua Noela, fundada por Noega, un nieta de Noé, cuando pasó por allí con su Arca tras el diluvio. El tercer y último camino llevaba hacia el Promontorium Celticum o Promontiruim Nerium, el Finisterre romano, lugar sagrado de los celtas, donde se veneraba el “tránsito” del Sol, cada atardecer, invocando su retorno.
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El Cabo Finisterre, el Finis Terrae Mundi, tan temido por romanos y celtas que pensaban se acababa allí la tierra, de los mortales, y más allá el Océano Tenebroso conducía a la Tierra de los Muertos, era la costa mas occidental conocida en la Antigüedad.
Frontera entre la realidad y las leyendas, este trozo de tierra era uno de los grandes mitos de los pueblos antiguos, al tiempo que engendrador de fantásticas consejas, pues el perfil rocoso del cabo, diluyéndose en la bruma, es capaz de empujarnos a todas las ensoñaciones y misterios.
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El Sol, fuente dispensadora de la vida, renace cada mañana por el Este, para morir en la tarde por el Oeste, sumergiéndose en el Mar de los Muertos. Se trata de un misterio cósmico, el mismo que hace siglos, el año 150 a.C., se produjo ante las legiones romanas de Decio Juno Bruto, que observaron asombradas el poniente “llenas de un religioso temor”. Ello impulso a los “piadosos” romanos, temerosos de todos los dioses posibles, a levantar diversas “Ara Solis” -altares al Sol-, junto al santuario celta, donde cada día era ofrecido el último sacrificio al Sol, en su ocaso, a fin de propiciar su vuelta al día siguiente.
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Junto al faro existe todavía una piedra, antiguo testigo mudo de los rituales al padre Sol, según cuenta el latino Lucio Floro, -ahora profanada por los símbolos mitológicos de la nueva religión-. Pero también se celebraban allí otros ritos, mucho más curiosos y significativos.
Dicen Plinio y Estrabón, que existían unas rocas planas en forma de lechos, en ellas yacían sexualmente las parejas que deseaban tener hijos, mientras los sacerdotes celtas celebraban desconocidos ritos de fecundidad aprovechando el paso de las ballenas, a las que se atribuían mágicas propiedades fecundantes. Según relata el peregrino Caumont, en 1417, se alzaba allí una ermita, dedicada a san Guillermo, relacionada todavía en esa fecha con dichos ritos, entonces cristianizados, la cual perduró hasta el s.XVIII.
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En la actualidad, todavía hay quien celebra allí ritos mágicos, ceremonias brujeriles, meditaciones, y quien evoca, al cabo de los siglos, la fertilidad del Océano Tenebroso en el seno femenino, mediante un singular graffiti. En la base de una antena de telecomunicaciones, se ha representado, en negra silueta, una mujer que toma por la cola una pequeña sirena. La figura, rememora en nosotros la sombra de aquella Virgen Negra, hoy perdida, Nuestra Señora de Finisterre, que fue venerada en este mismo lugar como “Señora de la Fertilidad”. Un lugar mágico, o al menos lleno de magia, que al contemplarlo nos tienta a creer que aquellas aguas conducen al Más Allá céltico, al reino donde duermen los espíritus que un día han de volver.
Y nos sentamos en sus rocas, ajenos al paso del tiempo, hechizados por su energía, en la esperanza de ver sus aguas surcadas por alguna sirena...
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Salud y fraternidad.

domingo, 7 de junio de 2009

“San Pedro, como era calvo...”

Quintana del Marco (León) tiene a su lado una magnífica villa romana, del s.IV, en el pago de los Villares. O al menos, la tenía hasta el siglo pasado. Encontrada casualmente en 1899, algunos mosaicos fueron a los museos de León, Astorga y Madrid, en 1906, otros acabaron como encimera en una cocina local, en la pared del salón o el suelo del establo, los sepulcros hicieron buenos abrevaderos... etc. Lo que sobrevivió, in situ, acabó brutalmente destruido por la maquinaria agrícola de la concentración parcelaria. Y de los varios bustos encontrados, unos se vendieron, en casas de subastas madrileñas, otros “se extraviaron”. Salvo el de un personaje con antepasados hispanos, por parte de padre.
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Nos referimos, al busto de Marco Aurelio. Acabó empotrado en la espadaña de la iglesia de San Pedro y, para el pueblo llano, ejerce de san Pedro. Fue colocado allí, porque a quienes lo encontraron les recordaba la cara que su patrón tenía en la imagen del templo. Según nos relataron unos ancianos del lugar, el 16 de abril del 2000, la cosa, contada por sus abuelos, fue más o menos así:
Un día, mientras araban, dos labradores se toparon con el mismísimo san Pedro.
-¡Válgame Dios, mire aquí compadre, vea que tío ha sacado el arado!
-¡Oye, mírale la cara, éste es clavadito al santo apóstol de la iglesia nueva!
-¡Toma! Pues será un san Pedro de los antiguos, no cabe duda.
-Entonces, tráete unos cubos de agua para lavarlo y lo llevaremos a la iglesia.
Lo cargan al carro y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, meten el busto en el templo, al pie del retablo del patrón y le colocan su ración de velas. Cuando llega el párroco se lo presentan, tan ufanos.
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-Padre, aquí le hemos traído este san Pedro tan hermoso, para el altar.
-¿Pero qué decís? ¿Cómo voy vais a meter ese busto pagano en la casa de Dios?
-¡Anda, con los remilgos que nos sale! ¿No ve que es clavadito al santo? ¡Con sus barbas, tan seriecito, tan bien plantao! ¡Un san Pedro bien antiguo!
-Pues yo digo que dentro de la iglesia no se queda, por muy antiguo que sea no es cristiano, ya lo estáis llevando para la calle y punto final.
-Bueno, pues si le da reparos, usted le echa el agua bendita, nos lo cristiana, y lo ponemos en la espadaña para que bendiga los campos, que falta les hace.
Después de mucho tira y afloja, el párroco, comprendiendo que la “fe del carbonero” no admite razonamientos, se rindió ante la cabezonería de sus feligreses.
-En fin, haced vuestro gusto y a las campanas con él, si queréis que sea santo lo haremos santo. No se cuando os temo más, si cuando os empeñáis en quemar santos o en crearlos.
Y allí sigue, encaramado en la espadaña, Marco Aurelio Antonino Augusto “el Sabio”, emperador romano del 161 al 180, figura representativa de la filosofía estoica de raíz bética con Séneca y Lucano. Tan estoico, que no ha protestado nunca por haber resultado rebajado, siquiera en efigie, de Emperador romano a simple papa. Porque rebaja es, ser confundido con un papa del que, a pesar de ser santo, se burlan hasta los niños en sus canciones de corro:
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“San Pedro, como era calvo,
le picaban los mosquitos,
y su padre le decía:
-Ponte el gorro, Periquito...”

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Salud y fraternidad.

sábado, 30 de mayo de 2009

Casilla 19 “La posada”: Una mesa junto al Camino Jacobeo...

“Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo”
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Amanece en el páramo del Reino de León, el sol de primavera se alza sobre la espadaña de Villavante, entibia los campos, crece lenta su luz, como una dorada espiga, y los peregrinos ya están en camino, en el Camino. Dice el piadoso refrán: “a quien madruga, Dios le ayuda”, o en su versión para agnósticos: “al que madruga, y no al que Dios ayuda...”, el caso es aprovechar lo fresco de la mañana, ya vendrá luego el calor a castigar los pasos del caminante, a volverlos pesados como el plomo, a fatigar el empeño de su marcha.
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Al cabo, aunque todavía es de buena mañana, ya se apetece una paradita, solo un leve descanso, la ilusión de que así se toman fuerzas. A lo lejos, se divisa un rústico edificio. Fue molino, tuvo molinero y su molinera, las gentes del pueblo le confiaban su molienda. Pasaron los años y las épocas, alegrías y sinsabores. Luego ruina y olvido, nostalgia de la gente vieja. Y un día, milagrosa fecha, fue hecho de nuevo habitable hacienda: el "Molino Galochas".
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Los peregrinos llegan al canal que las muelas del molino abasteciera, ahora es apacible remanso, con sus chopos en la fresca ribera. Cómo se apetece hacer aquí ese alto, que antes se presintiera, la hora es favorable y la umbría amena, con su rumor de agua serena, su trinar de pájaros, con esa quietud donde parece que el tiempo se detuviera. El lugar y la ocasión convidan, ¿cómo resistirse a esta golosa pereza?
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¡Cómo no hacerlo, si hasta hay banco y mesa! Un rústico banco, elaborado con ancianas traviesas de la vía férrea. Una mesa, cuya tabla es una de aquellas longevas piedras de la molienda. Qué relajo para el espíritu, ese agua, la serena mañana, la rumorosa floresta. Y para el cuerpo, el recio banco, la espalda sobre un chopo, quizá algún refrigerio sacado de la alforja, sobre aquella oportuna mesa. Mesa y banco que pusieron, honrada caridad y gentileza, las buenas almas que han reconstruido el arruinado molino, como posada de aldea.
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Si alguna necesidad, o auxilio, ha menester el peregrino, puede acudir a posada tan pintoresca. No ha de salir defraudado, la amabilidad mora entre sus restauradas piedras. Aquí habitan la generosa amistad y la honradez sinceras, que aunque posada de pago, como toda posada buena, no faltan dentro de estos muros ni la solidaridad, ni el desinteresado deseo de ayudar a quien preciso le fuera.
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Y no se sorprenda el viajero, si antes de ver persona humana, que lo atienda, aparecen ante él dos traviesos “duendecillos”, Pelusa y Tormenta, curiosos, amigables, despreocupados gatos campesinos, ante los que el peregrino habrá de pagar el peaje de unas caricias zalameras, y que, si se tercia, lo han de acompañar luego un trecho del camino para hacerle la marcha más amena.
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Ya repuestos, fortalecido el cuerpo con las viandas que en el zurrón hubiera, y el espíritu ensanchado con la pausa amena, quizá con algo de charla del mesonero y la mesonera, los peregrinos se enfrentan de nuevo a la infinita senda. De nuevo al eterno Camino, el sol a la espalda, delante la sombra, delante las leguas, que han de llevarle a ese sueño, lejano, que se llama Compostela.
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“Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero”
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[Dedicado a Mercedes y Maxi, los “mesoneros” del viejo Molino Galochas].
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Salud y fraternidad.

domingo, 24 de mayo de 2009

Dijo Sancho, con filosofía: -“¡Para dar y tener, seso es menester!”

San Martín de Tours parte su capa con el pobre. Nótese que aquí, el pobre, además de pobre, es cojo. Y es que, cuando el Dios de Israel se ceba en uno... [Templo de San Martín, Artaiz (Navarra), baranda del coro renacentista, s.XVI].
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En el capítulo LVIII del Quijote, Sancho utiliza burlescamente cierto refrán, para reírse, según era costumbre popular, de la “media caridad” de san Martín.
La escena relata como enseñan, al hidalgo, ciertas tallas de retablo, y cuando ve la de san Martín de Tours, don Quijote dice:
-“Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo”.
-“No debió de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debió de atener al refrán que dicen: que para dar y tener, seso es menester”.
Al pueblo llano, que no se le escapa una, siempre le ha parecido sospechosa esa “media caridad” de Martín de Tours (316-397). Cuando el joven era un soldado, sin bautizar, partió su capa para dar la mitad a un mendigo de Amiens, que luego resultó ser Dios-Hijo disfrazado. Y claro, la gente piensa: vamos a ver, si tanta compasión le infundía el “presunto” desheredado, ¿por qué le dio tan solo media capa? Por la cosa práctica no sería, puesto que, con media capa cada uno, mal se iban a remediar ambos, acabarían pasando frío los dos. Y si, lo que el futuro santo pretendía, era darnos ejemplo sobre lo correcto de compartir los bienes, alguien debería haberle aclarado que una cosa es “compartir” y otra bien distinta “partir”.
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El pobre, aunque barbudo impenitente, no siempre es cojo, parece no existir unanimidad sobre su minusvalía... [Catedral de Nuestra Señora, Cuenca, Capilla de San Martín, retablo plateresco por Giraldo de Flugo, s.XVI].
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Al cabo de los siglos, sigue siendo un misterio la “media caridad” de Martín. Después de todo, él era rico, podía permitirse una capa nueva. Estaba claro que, con esa “caridad”, el hombre iba a continuar siendo igual de pobre. Un pobre medio abrigado, además. Eso, sin contar las bromas que debieron gastar los graciosos de Amiens a costa del “presunto mendigo”:
-“Pues yo se de buena tinta, que no le han dado una capa entera porque tan solo es medio pobre...”
De otro lado, Martín tampoco hubo de salir bien parado del trance, unos lo tildarían de tacaño, y otros de bromista malintencionado:
-“Pues hay que ser rácano, dar sólo media capa, y de seguro se quedó el trozo más grande...”
-“Cosas de ricos desocupados, quiso divertirse embromando al pobre con el chasco de la media capa...”
Y menos mal que al “necesitado” no se le ocurrió quejarse por ir a pie, que si no el Martín es capaz de partir el caballo en dos y darle la mitad al menesteroso...
Aunque hay un dato que generalmente se desconoce, el cual diremos en descargo del santo. En el 371 fue elegido obispo de Tours, y durante su mandato se topó con otro mendigo en harapos, al que, esta vez si, entrego su capa entera y verdadera. Después de todo, lo de la media capa podía pasar por “pecadillo de juventud”, y ahora era ya un varón prudente cuyos actos se juzgaban con más severidad.
Pensamos si se diría para sus adentros, escarmentado como estaba de las “ocurrencias” divinas:
-“No vaya a tratarse otra vez del Dios-Hijo, que vuelve a probarme, y tengamos más que palabras...”
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Salud y fraternidad.

domingo, 17 de mayo de 2009

“¡Pecados como piedras...!” o tal vez “¡Amor y pedagogía!”

Al caer de la tarde, un 5 de abril de 2009.
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En la cima del Monte Irago (1504 m.), al borde del Camino Jacobeo, en términos de Foncebadón (León), se alza un gran montículo de piedras coronado por un enorme poste de madera, de cinco metros, sobre el que hay una pequeña cruz de hierro que da nombre al lugar: “la Cruz de Ferro”. Aquí termina La Maragatería y principia El Bierzo.
En tiempos de la Antigua Religión, estos amontonamientos eran conocidos como “Monte de Mercurio”, divinidad protectora de los caminantes y viajeros, los cuales dejaban junto al altar del dios un guijarro, traído de su tierra, como ofrenda por la protección solicitada. Aunque Mercurio era un dios romano, en su persona se sincretizó una divinidad celta representada con tres rostros, pues vigilaba todas la encrucijadas. Se suponía que los manes, espíritus de los difuntos, vagaban reclamando otros espíritus, como compañía. Para evitar perder su alma, los caminantes ofrendaban una piedra, porque estas, como todo lo existente, tenían espíritu, y así contentaban a los manes errantes.
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La Edad Media volvió a sincretizar estos montículos, bajo el nombre de Monxoi, Manjoya, Monsgaudi, etc., o sea “Monte del Gozo”, que indicaba a los peregrinos que habían coronado con éxito un dificultoso paso de montaña y que, allí, estaban a salvo de las almas errantes como “La Santa Compaña”, “Güestia” o “Estantigua”. Este Monxoi jacobeo fue “santificado” por el abad Gaucelmo, de la Hospedería de Foncebadón, en el s.XI, al colocar la primitiva “Cruz de Ferro” en las lindes de lo que entonces era Galicia. La costumbre de amontonar guijarros persistía, y los caminantes: buhoneros, segadores, peregrinos o arrieros, continuaban trayendo una piedra, recogida en su lugar de origen, para dejarla como ofrenda penitencial en el Monxoi. Existían en diversos lugares, algunos de los cuales todavía conserva el topónimo, aunque hayan perdido su montículo.
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En la actualidad, las “ofrendas” se han sofisticado. Cada peregrino, y recordemos que los motivos de cada quien para hacer el Camino son polifacéticos, deja al pie de la cruz una piedra escrita con los mensajes más variopintos, o un pequeño objeto que, para ellos, tienen un significado simbólico personal e intransferible, aunque a un observador ajeno le resulte absurdo.
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Pero, en esencia, el concepto ritual sigue siendo el mismo que en tiempos celtíberos, ofrendar algo personal, íntimo, volcar el alma, tanto si es por sentido positivo como negativo, para librarla de lo intangible y sus peligros.
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El sentido “penitencial”, del acto de arrojar una piedra al montón, afirma que mientras más grande sea la piedra, más pecados o más graves son las faltas perdonadas, a condición que la piedra sea traída del lugar de origen del penitente. No vale hacer trampa, y tomar una gran piedra de los alrededores para depositarla allí.
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Al hilo de esta costumbre, hace poco escuchamos allí la siguiente conversación, sobre el montículo de la Cruz de Ferro, entre un abuelo y su nieto:
-Abuelo, ¿puedo poner piedras aquí arriba?
-Niño, no pongas piedras ahí, que las piedras representan los pecados, y tu no tienes pecados porque eres muy pequeño.
-¿Y esas piedras tan grandes?
-Las piedras más grandes, de este lugar, son de los más grandes asesinos que hay en el mundo: Aznar y Zapatero.
Ni que decir tiene, que nos quedamos “petrificados”. ¡Toma teología-política, popular, pedagógicamente adaptada para niños! Puede que ambos personajes merezcan serios reproches, por una u otra de sus actuaciones políticas, no lo dudamos, pero de ahí a calificarlos, ante un niño, y en semejante lugar, como “los más grandes asesinos que hay en el mundo”... En fin, quede ello para ejercicio de buenos juicios.
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Para olvidar esta exagerada explicación, cuando menos inapropiada, vayan estas tres nostálgicas imágenes del Monxoi y su Cruz de Ferro, en el transcurso de veinte años, durante los cuales el mástil de madera fue sustituido para reparar los estragos del tiempo.
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Un soleado mediodía, del 3 de agosto de 1981.
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Presintiendo la cercana tormenta, el 13 de abril de 1990.
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En medio de la bruma y la nevisca un 16 de abril de 2000.
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Salud y fraternidad.

viernes, 15 de mayo de 2009

“Dar Crispín por liebre...”

He visto que por “La Internés” circula una receta apócrifa, para cocinar nada menos que “Crispín al pil-pil”, e ilustrada con fotos robadas y sacadas de contexto. Desde aquí, quiero dejar constancia de que dicho guiso no existe y su receta es un timo, para abusar de la buena fe gastronómica de los incautos. Así que, en beneficio de su salud y la de los Crispines, no intenten llevarla a cabo.
Todo es obra del mago Frestón, mi grande enemigo, que no pierde ocasión de fastidiar porque me sabe muy amigo del noble don Quijote de la Mancha, ese espejo de andantes caballeros, al que el maléfico nigromante no puede ver ni en pintura. El infundio, propalado desde segovianas covachuelas, por los seguidores del indigno mago, unos pérfidos sayones butifarrescos oriundos de la Marca Carolingia, es como sigue:
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Receta surrealista para preparar “Crispín al pil-pil”.
Tómese un gato llamado Crispín, de tamaño terciado, preferentemente casero y manso, el color es optativo e “insimismovil”, si el bicho está dormido mejor, porque si se percata de la jugada van ustedes listos.
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Póngase a remojo total o parcial, lo que el bicho consienta, o en su defecto cinco minutos en baño de asiento. Quizá deba engañarlo, para efectuar esta fase del guiso, porque es sabida su aversión al agua. Lo mejor es cantarle aquello de:
“Cinco gatitos, tuvo la gata.
Cinco gatitos, vaya una lata...”
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Si ha conseguido remojarlo, séquelo bien antes de que se mosquee más y saque las uñas, sitúelo sobre la placa vitrocerámica, imprescindiblemente de inducción si no quiere cometer un gaticidio prematuro.
Espere que el bicho pise la tecla adecuada, a ser posible a fuego medio, lo cual no servirá para nada, porque como el Crispín no es de metal la placa de inducción parpadeará sin emitir calor. Eso conlleva una ventaja, le evitará soportar el olor de los pelos chamuscados, bastante repelente por cierto.

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Coloque al lado un recipiente con sal, pero no se la añada por encima que eso podría enfurecerlo, con las funestas consecuencias que es de suponer.
Mientras espera, y ya puede esperar sentado, prepare la salsa pil-pil, a base de sumar pil y pil: "Mezclado, no agitado", que diría 007. Queda más gustosa, si el pil y el pil son de temporada y no en conserva.
Alimente al bicho con la dicha salsa, porque si se la echa por encima luego a ver quien lo lava. Si se resiste a tomar el pil-pil, que es lo más seguro, deberá abandonar el guiso y llamar a un Telepizza. Su estómago y su Crispín se lo agradecerán.
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No se dejen engañar vuesas mercedes, por estos cantos de sirena, el Crispín, como mejor se saborea no es al “pil-pil”, sino acostado en nuestro regazo, ronroneando mientras le pasamos la mano suavemente por el lomo.
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Salud y fraternidad.