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Peregrinamos por el laberinto con Mamá Oca y Papá Ganso
Fondón (Almería).
Calidad que debe ser cierta, pues, el enológico producto ha obtenido el Bacchus de Plata en un concurso internacional. Nos parece bien, muy bien, que se premie un producto de calidad. Lo que nos deja perplejos es el alusivo nombre del caldo: “Tetas de la Sacristana”. Conocíamos el dicho popular que, para exaltar la suma excelencia de un producto lo califica, con frase donjuanesca e irreverente, como “teta de novicia”. Aunque ignorábamos, que las tetas de sacristana no le fuesen a la zaga en bondad suprema, gastronómica o lo que se tercie...
Desde nuestra “cabaña de pescadores”, en Aguadulce, vemos amanecer sobre el Mare Nostrum. Las gaviotas sobrevuelan la bahía con madrugadora insistencia, al fondo está Almería, al-Mariyyat, la "torre vigía", y más allá el Cabo de Gata. Un sol, intemporal, se eleva sobre las aguas. A esta hora, con los perfiles todavía sin definir, podemos soñar que estamos en cualquier edad o siglo. Las sombras van caminando hacia el recuerdo, y la luz es solo una promesa futura. El instante, el contrastado instante de furiosa luminosidad y feroces sombras, se presta al milagro. ¿Qué son aquellos bultos? ¿Acaso naves fenicias, romanas o musulmanas, que bogan hacia la costa? No, es tan solo un espejismo solar entre la bruma matinal.
En al-Mariyyat, el implacable calor terrestre y la insolente humedad marina se unen, se derraman sobre este mundo litoral, lo sumergen. De ese baño germinal surgen muchas cosas, por elegir una, elegimos el geranio -¿o sería más exacto decir, los geranios?-, planta amistosa y amigable. Señal simbólica de vital aprecio y humana proximidad, resistente y bella, sin resultar empalagosa como sucede a otras de mayor fama.
Tras el breve espacio de luz y calor, de energía revitalizadora que llaman día, llega el anochecer. La luna llena se eleva sobre Aguadulce, desdibuja el contorno de Almería y, no lejos, el del Cabo de Gata. Su engañosa luz, riela sobre el Mare Nostrum. Esta mezcla, de luminosidad y oscuridad, ofrece una sospechosa sensación de calma. Los perfiles vuelven a emborronarse, las naves fenicias, romanas o musulmanas, podrían surgir de repente para cortar las aguas y bogar sobre esa claridad. Pero es solo un espejismo lunar.
El pobre, aunque barbudo impenitente, no siempre es cojo, parece no existir unanimidad sobre su minusvalía... [Catedral de Nuestra Señora, Cuenca, Capilla de San Martín, retablo plateresco por Giraldo de Flugo, s.XVI].
Un soleado mediodía, del 3 de agosto de 1981.
Presintiendo la cercana tormenta, el 13 de abril de 1990.
En medio de la bruma y la nevisca un 16 de abril de 2000.
[Entierro de la Sardina, Buzanada de Arona (Tenerife), 6 de marzo de 1984].
[Idem anterior].Lo dicho. ¡Quemar la "Sardina" es pura justicia poética!
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Salud y fraternidad.
El hecho de la casual coincidencia de fechas, con el jocoso Carnaval, no debe hacernos olvidar que un hombre bueno murió, en el exilio, hace 70 años. Un hombre del que, en estos días de máscaras, bien estará saber que nunca usó otra, quizá, que la de la poesía, y no por engaño sino por pudorosa timidez.
Ese hombre bueno, ese poeta, ese soñador de futuros mejores, se llamaba Antonio Machado. Murió en Collioure (Francia), un mediterráneo pueblecito al otro lado de la frontera, el 22 de febrero de 1939. Hace setenta años, hace una eternidad. ¿O acaso, tan sólo un instante...?
Sobre su humilde tumba, si no temiésemos profanar la modestia que lo caracterizaba, podrían figurar sin rubor sus propias estrofas:
“Y cuando llegue el día del último viaje,