lunes, 13 de septiembre de 2010

Septiembre en Soria (Cuentecillo otoñal).

El padre Duero, siempre igual, siempre cambiante, baja despacio, y su rumoroso canto pregona ese otoño que los viejos huesos ya presienten. Traza el río su curva de alfanje, plateada hoja que a los árboles abate, espejea mientras pasa, inmutable, bajo los muros de la octogonal ermita centenaria, lamiendo las riberas y abrazando al puente sus pilares.
Por las verdes frondas, que en las orillas se acurrucan como gatos frioleros y orondos, los colores huelen a otoño. Sin embargo, el sol todavía entibia el huerto monacal, que poseyeron los templarios en San Polo, y sus almas en pena, de monjes y guerreros, se solazan contra los muros que la hiedra devora, en espera de la noche, ya no muy lejana, de difuntos, cuando para general escarmiento cabalgarán de nuevo.
Una leve brisa, madre del cierzo, resbala desde el Mirón, asciende por el Espino, y aunque pasa de puntillas, bajo el Arco del Cuerno, cuando revolotea el cauce del río, quiebra el frágil espejo del Duero..
Saturio, santo astuto, que sabe más por viejo que por ermitaño, apresta ya su capa, por si este año el invierno baja, tempranero, desde el Monte de las Ánimas. Arrebujado en el pardo manto, Saturio, en la puerta de su cueva, entibia vino a la lumbre y cuenta viejas historias, a unos díscolos rapaces que, terminada la escuela, andaban por la ribera atrapando ranas y hurtando peras.
Gusta la chiquillería, de escuchar los cuentos y leyendas del barbado anciano, hacen aspavientos, se asombran, con las palabras una y cien veces oídas de sus santos labios. El bondadoso ermitaño, bebe despacio aquel cálido caldo de Noé, y permite que los rapaces mojen en el jarro sopas de oscuro pan de centeno, que saborean cual golosina del cielo, pues por ser vino del santo, no enturbia el entendimiento. Y Saturio piensa, para sus adentros, si entre estos rapazuelos, quizá, no está el futuro discípulo, el que herede su cueva, sus trabajos y los favores del cielo.
. Mientras unos le piden: cuente esto, o lo otro, no, mejor aquello, alguno sugiere que podría desvelarles, en voz baja, su milagroso secreto, cómo volar a lomos de su capa sobre las ondas del Duero, atravesando de orilla a orilla, en seco, como celestial barquero. Sonríe el viejo Saturio, explica que no hay secreto, sino la santa voluntad de los cielos, que a quien quieren favorecen, por su buen natural, con tales misterios.
Para que consigan, similar portento, les manda ser buenos, o si no pueden, tan solo que sean un poco mejores de lo que sus mayores fueron, que no roben nidos, ni martiricen gatos o perros, que obedezcan a la madre, no enrabien al maestro, que sean laboriosos, honrados y sinceros. Después ya se verá..., lo que disponen los cielos.

Luego los despide, pues aquel caldo tibio, aquel vinillo aloque, le está dando sueño, y no es cosa propia que con su persona pierdan más el tiempo.. La indisciplinada tropa, se aleja por el sendero que sigue la orilla, cual vaina curvada del alfanje Duero, tiran piedras a la mansa corriente, asustando a los peces y riendo. Cuando, al doblar un recodo, aparece la imponente mole de San Polo, cesan las risas, la charla disparatada, el infantil loqueo. Aunque sacan pecho como si nada pasara, si que pasa, pasa revoloteando el miedo.
Y al desfilar bajo el monacal arco del ruinoso templo, se arrebujan, muy pegaditos unos con otros, en completo silencio, no vaya a ser que se despierten las ánimas de los templarios, que dicen fueron santos, e inocentes, y aún así los condenaron al fuego. Que por ello, tienen malquerencia de los vivos las almas de tales muertos.
Al cruzar el puente, la chiquillería, recobra el aliento, y vuelven las risas, y vuelve el jaleo, como si una negra nube hubiese pasado dejando que el sol brillara de nuevo.. Una leve brisa, madre del cierzo, resbala desde el Mirón, asciende por el Espino, y aunque pasa de puntillas, bajo el Arco del Cuerno, cuando revolotea sobre el cauce del río, quiebra el frágil espejo del Duero.
Sin embargo, el sol todavía entibia el huerto monacal, que poseyeron los templarios en San Polo, y sus almas en pena, de monjes y guerreros, se solazan contra los muros que la hiedra devora, a la espera de la noche, ya no muy lejana, de difuntos, cuando para general escarmiento cabalgarán de nuevo.
Cae la tarde, el padre Duero siempre igual, siempre cambiante, rebasa el puente sin detenerse y sus oscuras aguas siguen cantando que el otoño, un año más, a Soria viene en septiembre.
.Salud y fraternidad.

5 comentarios:

Syr dijo...

No sé porqué me malicio que este precioso cuentecillo tiene una destinataria muy, pero que muy especial.

Y leyéndolo y releyémelo, me río yo de don Antonio porfiando, inútilmente, por doña Leonor.

Salud y románico

Polvorilla dijo...

Yo estuve allí, con él y contemplando el lugar, las palabras de Gerardo Diego venían a mi mente como una vieja canción:
"Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.
Quien pudiera, como tú,
a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso,
pero con distinta agua".

Mientras recordaba este poema dedicado al Duero, mi viajero impenitente meditaba y elaboraba otras reflexiones. ¡Hermoso día y hermoso lugar!¡Gracias por compartirlo!

Lima dijo...

Si, llega el Otoño, pero el otoño en Soria de tan fugaz y cambiadizo, todos lo toman por Invierno...
...que por aqui no nos gustan las medias tintas

Alkaest dijo...

Hay lugares mágicos, que nos embriagan con su belleza, y lugares Mágicos -con mayúscula-, que al igual que el buen vino, se saborean lentamente, nos dejan buen sabor de boca y nos llenan de ensoñación.
Estos lugares tan especiales, son los que ejecutan su magia dentro de nosotros, la dejan cocer a fuego lento, en los rinconcitos de la mente y los recovecos del alma. Luego, de aquel puchero, brota un elixir, que nos hace decir y escribir cosas que ni sospechábamos tener dentro.
Uno de esos lugares, es el paseo entre San Polo y San Saturio. Así lo vivimos y así lo contamos.

Salud y fraternidad.

Pilara dijo...

Una forma preciosa de sumergirnos en un equilibrado mundo de calma y tranquilidad. Acercándonos hasta su más leve rumor e impresionándonos con su color y luminosidad.
Es un auténtico placer poder vivir,aún en la distancia, una experiencia cargada de tanta serenidad.

Gracias por contarlo y compartirlo.
Me atrevo a aventurar que habrá más Septiembres...¡Y nosotros mientras viendo florecer La Pereza!

Un besico muy fuerte.